¿Educación o trámite? El espejismo de la eficiencia terminal en nuestras universidades
El Pizarrón Crítico: Análisis de fondo
La deserción universitaria en México suele discutirse en los pasillos de las oficinas gubernamentales como una cifra fría, un dato que debe ajustarse para cumplir con las metas de la agenda 2030. Sin embargo, al observar el análisis presentado por Educación Futura, surge una pregunta incómoda: ¿estamos formando profesionales o simplemente gestionando expedientes de baja?
Del papel a la realidad: ¿Por qué abandonan los estudiantes?
El problema no es unívoco. La deserción se nutre de factores externos —la crisis económica y social que atraviesa el estudiante— pero también de fallas internas que las instituciones se niegan a reconocer. Se ha consolidado un “síndrome de la reprobación” donde la normativa administrativa, rígida y deshumanizada, prefiere expulsar a un alumno mediante una baja definitiva antes que implementar mecanismos reales de rescate académico o emocional.
Las cifras son reveladoras: con una deserción que alcanza hasta el 30% en los primeros años de ingenierías y una eficiencia terminal que, en muchos casos, no logra superar el 50%, el modelo actual está fallando. La eficiencia terminal se ha convertido en un indicador de vanidad institucional; si el alumno se va, el problema deja de existir en los formatos, aunque el fracaso educativo persista.
La Realidad Escolar: La trampa de la gestión administrativa
Para quienes vivimos el día a día en las aulas y las direcciones de México, la lectura de este caso es dolorosamente familiar. La realidad escolar nos impone una dicotomía: la burocracia frente a la pedagogía. Los docentes a menudo se ven atrapados en una estructura que prioriza el llenado de formatos sobre la tutoría personalizada.
¿Es el tutor un agente de cambio y acompañamiento, o se ha convertido en un notario que certifica la salida del estudiante del sistema?
En el contexto mexicano, la flexibilidad institucional es la gran ausente. Los directivos, bajo la presión de reportar indicadores positivos para mantener presupuestos, a menudo olvidan que la gestión académica no es lo mismo que la administración escolar. Mientras el profesor enfrenta la realidad de un estudiante que trabaja y estudia simultáneamente, la institución responde con reglamentos diseñados para un alumno de tiempo completo que, en la mayoría de los casos, no existe. El abandono, por tanto, no es solo del estudiante hacia la escuela; es una institucionalización del abandono del sistema hacia su comunidad.
Para lograr las metas hacia el 2030, no basta con cambiar los planes de estudio; es necesario cambiar la cultura de atención al estudiante. Debemos transitar de un sistema que vigila el cumplimiento normativo a uno que diagnostica y acompaña el ‘currículum vivido’ de cada joven.
Ante este panorama, dejamos dos preguntas para el debate en nuestra comunidad docente: ¿Cuántos de nuestros estudiantes habrían terminado su carrera si el sistema hubiera priorizado su retención sobre la aplicación estricta del reglamento? y, en segundo lugar, ¿Es la eficiencia terminal un indicador de éxito educativo o, en nuestra realidad, se ha transformado en un mecanismo para invisibilizar el fracaso de nuestra gestión?