La tragedia de la ‘eficiencia terminal’: ¿Estamos formando estudiantes o gestionando estadísticas?

El Pizarrón Crítico: Análisis de fondo

En el sistema educativo superior de México, existe una brecha insalvable entre el discurso institucional y el papel que termina en el escritorio de un directivo. Como se detalla en el reciente análisis de Educación Futura, la deserción escolar ha dejado de ser un fenómeno pedagógico para convertirse en un trámite administrativo. La ‘eficiencia terminal’ se ha transformado en un indicador frío que, en muchos casos, oculta la incapacidad de nuestras universidades para sostener a los alumnos en su proyecto de vida.

Del trámite al abandono: anatomía de una crisis

El problema no es unidimensional. La deserción se alimenta de causas externas —precariedad económica, crisis familiares— y causas internas que muchas instituciones se niegan a asumir. El ‘síndrome de la reprobación’ ilustra perfectamente esta falla: alumnos con desempeño académico destacado que, ante un momento de crisis, son expulsados por una normativa rígida que prioriza la sanción sobre la retención.

La gestión académica se ha diluido en una gestión meramente administrativa, donde la tutoría es un formato lleno y no un acompañamiento real.

Cuando el estudiante intenta buscar una salida, como una baja temporal, se encuentra con canales cerrados, burocracia que desincentiva el retorno y una falta total de flexibilidad. En lugar de ser ‘instituciones que aprenden’, muchas universidades operan como máquinas de selección que, irónicamente, confunden la exclusión con la calidad.

La Realidad Escolar: Entre la estadística y el rostro humano

Si trasladamos esta teoría a la realidad de los pasillos de una universidad pública en México, el choque es innegable. Para el docente frente a grupo, la presión por la ‘eficiencia terminal’ se traduce en una exigencia absurda de aprobar alumnos sin los aprendizajes mínimos, o bien, en la frustración de ver cómo el estudiante ‘se va’ del sistema sin que nadie haya levantado un teléfono para preguntar por qué.

¿Qué sucede realmente? Los docentes suelen estar desbordados por la carga administrativa: reportar incidencias, llenar el SIAA (Sistema Integral de Administración Académica) y cubrir programas curriculares a veces obsoletos. Mientras tanto, el directivo se enfoca en las metas del sexenio 2024-2030, tratando de que los números ‘cuadren’ para no afectar el presupuesto. En esta dinámica, el estudiante es una ficha de dominó que cae al primer tropiezo. La verdadera pregunta es: ¿Estamos ofreciendo una educación superior, o simplemente estamos filtrando alumnos para que las cifras de egreso luzcan presentables ante las autoridades?

El desafío para el 2030 no es aumentar la matrícula, sino cambiar la lógica: dejar de ver la baja definitiva como una solución al problema de la reprobación y empezar a verla como el síntoma más grave de una institución que ha dejado de escuchar a quienes debería proteger.

¿Ustedes qué opinan?

1. ¿Es posible recuperar la misión social de la universidad sin sacrificar los indicadores de eficiencia que exige el Estado?

2. ¿Hasta qué punto el docente es responsable de la permanencia del alumno, cuando la estructura institucional carece de mecanismos de apoyo socioemocional reales?